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REFLEXIONES GASTRONÓMICAS SOBRE LAS ACEITERAS EN LOS BARES

Este post ha sido escrito y publicado por Alex para www.galletazas.com

Pongámonos en situación: son las 8.45 am., los pajaritos cantan y las nubes se levantan. El aroma penetrante a café nos rodea dándonos los buenos días. Es hora la tostada y como cada día abrimos una de las dos monodosis individuales de aceite en la cafetería del barrio. Nos sobra una y la apartamos como siempre. Podría guardármela en el bolsillo pero terminaría abriéndose y acabaría recordándome a mi vecino, que se sacaba albóndigas fritas del bolsillo y me las ofrecía de camino al colegio a las cuatro de la tarde. Aquella tarde aprendí el concepto de escrúpulos y que las cáscaras de pipa se adhieren con pasmosa facilidad a la carne picada.

Cada día me viene la misma reflexión sobre las tarrinitas individuales de aceite. Hace poco en el hueco del servilletero que ahora yace vacío, había una aceitera repleta. La gente se servía feliz en las cantidades que necesitaba: unos más otros menos. El verde intenso y los aromas y sabores penetrantes denotaban que era un buen aceite. Estamos en Jaén, rodarían cabezas si alguien se atreviera a presentar uno de esos paliduchos e insípidos aceites que aliñan las ensaladas de centenares de lugares al norte de «Despeñaperros». La traición es la excusa políticamente correcta sobre la decapitación de Ned Stark, en la auténtica historia están implicados un mollete de Antequera, una loncha de jamón de Trévelez y un aceite de los maluchos.

Un día comenté esta situación en la cafetería y me confirmaron que no sólo se desperdicia aceite a diario, sino que además este formato es más caro, no trasladan el sobrecoste al desayuno y lo asumen ellos. Entonces hay ideas que me vienen a la cabeza. Tal vez el desconocimiento me juegue una mala pasada, pero no le veo sentido a esta polémica ley que obliga a hosteleros a emplear envases sellados y no rellenables para el aceite de oliva.

Si es por defender las calidades y el origen haciendo que coincida el etiquetado con su contenido para evitar un engaño de cara al consumidor, los grandes casos de fraude en los que se mezclaron aceites de diferentes calidades y posteriormente se etiquetaron como "aceite de oliva virgen extra", se dieron en grandes almacenes y marcas blancas embotelladas para ellos. Es decir, aquí los hosteleros no pintan nada y en hipotéticos nuevos casos de fraude, estos se lo tragarían de lleno como los políticos se tragan las noticias de El Mundo Today y a su vez lo trasladarían al consumidor igualmente y de forma inconsciente.

Pero si es por asegurarse de que el consumidor final acceda a un producto de calidad, también me parece incoherente. Igual que rehuyo de un café que sepa a quemado, evitaría los lugares que sirvieran un aceite pésimo si sé que es lo único que va a llevar mi tostada. No soy imbécil aún sé distinguir los sabores, quizás no sepamos dónde ir, pero sí donde no ir y que me han fastidiado quitándome la aceitera con el ajo flotando dentro. Era tan de laboratorio película...

Lo más curioso de todo es que si el plato ya sale elaborado directamente desde la cocina, ya no importa el origen del aceite, ya sea de garrafa de cinco litros, rellenable o directamente estrujado del pelo sucio de alguien.

Así que me quedo como estaba al principio, moviendo mis manitas nerviosamente y elucubrando oscuras teorías conspiranoicas sobre pringue, amigos de amigos y enrevesadas conexiones en el entramado del envasado oleícola y sobre qué beneficios aportan las medidas al sector aparte de producir más sabiendo que la mitad se vertirá por el desagüe diariamente. ¿Economía de mercado? Luego nos extrañaremos si Keanu Reeves baja de su OVNI y amenaza con destruir el planeta por cafres.

Creo que diré a mis amigos de la cafetería que guarden los restos y hagan jabón... para todo el barrio.

Imagen Flickr: Riccardo Bruni

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